lunes, 2 de agosto de 2010

¡Holaaaaa!

He vuelto… Siento mucho haber estado ausente tanto tiempo… he estado trabajando duro… En una novela sobre Blas de Lezo. Ahora me anuncian que recibiré un galardón por mi segunda novela, próxima a publicar, “El Corsario de Dios” el premio es del patronato de Huérfanos Príncipe de Asturias de la OMC Española. Quiero compartirlo con ustedes.
!!!!!!!
Estaba el otro día esperando la premiación de la fórmula I en donde Fernando Alonso había triunfado, hubo suspicacias porque disque se dejo pasar Massa… en fin. Ganó el español y cuando subió a lo más alto del podio, sonaron el himno italiano… No sé si fue animalada del que coloca el disco o si fue una broma cargada de ironía contra Ferrari y Alonso… En fin gano y qué (¡hps!). A propósito de esto... Ayer estaba en una playa de la costa azul francesa y me quedé estacionado frente al televisor de una caseta playera, tenían tremendo escándalo los periodistas franceses porque dos de sus corredores “nacionales” habían ganado una de las carreras, los dos, hermanos de color, de alta tostión y apellidos “guachenes” , muy subsaharianos. Estaban radiantes, habían ganado medallas de oro y plata respectivamente, en Barcelona con motivo de los campeonatos de Atletismo de Europa. Esperaría ver a los “galos”, medio rubios, blancos y ojiclaros. Pero, los exultantes, justos ganadores, eran prietos. Mi hijo Orlando David que estaba a mi lado y seguía con atención la premiación, esbozaba una sonrisa complacido con la cara de felicidad de los corredores. ─¿Y qué? ─dije─. Ahora harán sonar la Marsellesa o pondrán el himno de Rusia… Como pasó con Alonso. Él quito la mirada de la pantalla y me dijo: ─Mira papá, si fuera por justicia, deberían poner mejor el Waka Waka, que estos de franceses no tienen más que el uniforme. (¡Por que esto es África!)


Si la vida nos regala...
Extraña quimera, efervescente ilusión de vivir un instante fugaz con la locuaz e inverosímil disposición a no errar... Que tal así..: Si la vida me regala tu encuentro ... la oportunidad de ti

¡Un abrazo a todos!

viernes, 22 de enero de 2010

En la Sala de Espera

Mi amigo Rubén

Colgué mi teléfono y me quedé «a cuadros», irritado, muy cabreado, eso sí, me había sustraído del entorno y al menos, el miedo se me había espantado por un rato.

Divagaba sobre el instante malsano en que me había enterado de ese par de cosas que ya tenía olvidadas y con la página pasada. Me causó escozor enterarme de que había sido víctima de un falacia de un «amigo». Ahora, pensaba en que estaba mejor antes, cuando no sabía tanto del asunto.
Sí. La sabiduría es solo una hija más de la curiosidad. Esa útil bastarda que, impía, te puede amargar la existencia con las revelaciones de sus recónditos recovecos. Bueno, también, te ayuda a ser de alguna manera feliz con la confianza que te pueden dar algunas de sus certezas. En fin, esos destellos con que a veces se nos alumbra la cabeza —relámpagos fugaces— no hacen más que recordarnos el estado de oscura ignorancia que impera en nuestra vida y no hace ser menos infelices.
Mascullando y rumiando bodrios, ensimismado, con torpeza, tumbé el revistero y de pronto volví. Ahí estaba sentado en la sala de espera de mi hermana Astrid prestigiosa ortodontista y del doctor Camilo Novoa, también, reputado odontólogo. Volvió mi ansiedad, pero esta vez estaba potenciada por las posibilidades dolorosas que me ofrecía el futuro inmediato. Era inminente y por demás, ya inevitable un encuentro cercano con las pupas de la aguja y la acosadora «fresa vibratoria». Esperaba con tensa expectación.
Presuroso, recogí el reguero de revistas y rearmé el mostrador que tenía una variada oferta de revistas de información médica, otras de farándula actualizada, políticas, de geografía y un par de periódicos del día. El ambiente estaba aromatizado por los efluvios acojonantes de las resinas y diluyentes odontológicos, y se caldeaba, además, por una silenciosa expectación nerviosa , eso sí al fondo, como haciendo de banda sonora de película de suspenso, el pitidito de la zafia fresa haciendo su trabajo en la boca de un mísero mortal.
Sorpresivamente se rompió ese gélido momento al abrirse la puerta. Fue magnífico, entró en aquel cadalso, mi amigo Rubén, compañero de la universidad, con quien compartí momentos de hilarante compañerismo. Hacía un tiempo, más de lo que ordenan los mutuos afectos fraternales, que no lo veía. Venía desaliñado, cosa rara en él y con la misma cara de culillo que teníamos los que allí estábamos. Después de un afectuoso saludo, sentado uno al lado del otro casi a la entrada de la sala, le dije:
−¿Qué tal Rubén… ya levantaste novia?, mira que te deja el bus. ¡Eh!

Cambió la cara, realmente parecía preocupado cuando me dijo:
−¡Jo!, es que la única chica decente de ese pueblo, es la mujer del cura.

Me parece que estaba equivocado; olvidaba un nutrido grupo de ellas que tal vez no tenía en cuenta por estar todavía en edades infantiles.
Para, con destreza, cambiarme el tema, empezó a relatar lo que sabía de ex compañeros, amigotes comunes. Matizaba la escasa información de ellos con sus habituales exageraciones cargadas de sarcasmo, de ese de buen gusto y buen recibir. También sacaba de su memoria anécdotas de la época estudiantil, cuya evocación además de arrancarme risas a borbotones, sus recuerdos dulces me acariciaban el alma. Pero la fiesta se interrumpió por la presencia de la enfermera auxiliar que sonriente —no sé porqué carajo— se llevó a uno de los de la sala, como si fuera la parca con la hoz. Nos quedamos cayados, con los ojos toteados del susto «C…ñó. Ya casi nos toca».
En ese momento de «terror delirante», entró a la sala de espera una señora emperifollada de joyas y con aroma a perfume caro. Le miró con desdén. Hizo una mueca como burlona al ver lo mal trazado que estaba Rubén.
Él, que no pierde una, que tiene su componente narcisista un poco más que lo que requiere la apariencia de su figura, se quedó maquinando como devolverle la afrenta visual.
Lo entendí y un poco conmiserado con mi amigo, como para ayudarle le dije en voz baja:
−Que vieja tan fea.
−No, me parece −respondió al instante.
−¡¿Ah, no?! −replique extrañado con su insólita y repentina benevolencia.
−No, tiene la cara así de fea, es porque va estornudar. ¿O no, doña?
La señora se hizo como si no fuera con ella y siguió. Rubén, soltó una risa sorda cuando notó que la señora sí que le escuchó y la volvió a embestir:
−¿Ya? ¿Va a estornudar doña? −le dijo, ofreciéndole un pañuelo de papel.
(¡Aja torito, aja!)
La verdad, la señora no era tan fea, pero sí que hizo una tremenda cara de culo, no contesto nada e ignorando la oferta, se fue con una revista en la mano. Indignada se sentó y cubrió la cara y medio cuerpo con el periódico desplegado de par en par.
Bueno, no sé que más pasó porque la enfermera vino por mí y me condujo hasta el sillón adonde me esperaba mi hermana Astrid y su colega el doctor Novoa. Al principio tenían una sonrisa amable, de conmiserada acogida, pero al verme entrar riendo a carcajadas, conociendo de mis no disimulados temores por subir al potro odontológico, sus rostros expresaron preocupación. Quedaron convencidos que esa tarde me había fumado alguna porquería.