sábado, 29 de septiembre de 2018


Sin Dios no hay diablo, sin diablo no hay pecado, sin pecado no hay humano. ¡Uff,  menos mal hay Dios!

viernes, 24 de agosto de 2018

EL CORSARIO DE DIOS. 
Orlando Name Bayona



Los filósofos creen que las religiones son construcciones necesarias para la civilización.     
                       Muhammad Ibn Rushd



Proemio

    En el siglo XII, Averroes hacía una reivindicación del carácter instrumental y político de la religión, como una doctrina destinada al gobierno de las masas incapaces de darse una ley a sí mismas por medio de la razón. Tal vez mis preceptos vengan de allí, de una de esas construcciones, y aunque lo que dijo el sabio andalusí tenga la apariencia de ser una diatriba a mi fe, acepto su interpretación. Y es que Dios es mi refugio, una razón para lo que ignoro y nunca podré alcanzar.
   La fe, la que yo profeso, llegó a mi tierra natal en las alas del águila, el águila de San Juan, representada en la bandera que traía en su mano Cristóbal Colón -per mandatum regis castelle-. En América se refugió y creció. Hoy vuelve a Europa, la nueva Europa, la de la apostasía, en la boca evangelizadora de humildes pero sabios sacerdotes, algunos tan luminosos como el padre Jorge Mario. Ad maiorem Dei gloriam. Y eso estaba escrito en el Libro de las Revelaciones.

   …Y es así que, desde las nieblas de lo que creías que estaba olvidado, y que por ello pareciera no existir, de allí, de esos recónditos estantes de oscuros matices y polvorientas superficies, me vienen diáfanos recuerdos de aquel viaje, de esos momentos de irrepetible alegría vividos en un entorno sencillo y humilde.



                   


1.


    



   Habían salido con retraso porque el taxista de turno, un viejo risueño y cachetón, muy entrado en carnes, vestido con ropa apretada que le daba un aspecto porcino, y perfumado generosamente con pino silvestre, no fue puntual con la hora acordada para el servicio de transporte a la terminal. El recorrido hasta el aeropuerto «Ernesto Cortissoz» fue veloz y, sobretodo, temerario. Al llegar, la ansiedad de Blanca aumentó al escuchar el repentino rugir de uno de los propulsores. El portentoso motor exhaló una bocanada de humo negro que, de inmediato, se disipó por efecto de las poderosas aspas que se batían con furia. Una segunda vaharada cargada de hollín salió del otro motor que, también con estrépito, reclamaba participación en el alboroto.
   En las primeras claridades de aquel día de diciembre, con el viento fresco en su cara, Blanca Lázaro, de la mano de su nieto de cinco años, corría hacia el aeroplano que amenazaba con dejarlos. Un  diligente mu­chacho, empleado de la compañía aérea, los acompañaba en la carrera llevando las maletas y, con dificultad, hacía señas al monstruo alado para que volvieran a abrir la portezuela.      
   Para fortuna de la mujer y del asustado niño, el avión que empezaba el carreteo se detuvo.
   Con prisa, a tropezones, entraron al ruidoso pájaro de aluminio. El pasillo estaba ligeramente inclinado cuesta arriba. Había dos puestos libres en la penúltima fila que de inmediato ocuparon los nuevos pasajeros. No faltó el drástico mohín de enfado de algún viajero para expresar su reproche por la demora causada al itinerario. La puerta se cerró y el DC3 comenzó su recorrido por la pista.
   El niño, maravillado, miraba por la pequeña ventanilla cuadrada que por ventura le había tocado. Como si se encontrara en un lugar mágico y todo fuera una dulce alucinación, sonreía fascinado. Estaba entusiasmado con cada cosa que veía, hasta con los diminutos ventiladores eléctricos que refrescaban el ambiente, pues le parecían de juguete. 
    El ruido de los motores se volvió ensordecedor y la nave subió la cola y al momento comenzó a elevarse.
    El pequeño, con sus ojos marrones, casi desorbitados, observaba cómo la gente y los automóviles se volvían tan pequeños como hormigas.  El ala de su lado se inclinó y también pudo ver cómo entre las saltonas nubes, blancas y algodonosas volutas de ingrávida agua condensada, iba quedando atrás Barranquilla. Estaba desbordado. La emoción era muy intensa. Sobrepasaba las frecuentes ensoñaciones de su imaginación infantil. Sentía una inmensa alegría por esa aventura que vivía al lado de su abuelita. Ella, agotada por la carrera que habían realizado, cerró los ojos tratando de disimular el temor que le producía volar.
   Blanca era una bella mujer, de tez pálida, pecosa, limpia y lustrosa como fina porcelana, de ojos aguamarina y cabellos canos recogidos en una moña escondida en un festoneado velillo negro. Nerviosa, murmuraba una oración pidiendo protección a la virgen de Torcoroma.   
   Y, para completar la dicha de aquel infante, pocos minutos después, cuando el avión se estabilizó en lo alto, pasó una azafata perfumada, ataviada con un elegante vestido azul turquesa a medio cubrir con una ruana roja, ofreciendo unos caramelos de colores, envueltos en celofán transparente estampado con las  alas de un cóndor y, el nombre de la compañía aérea. También, se sorprendió con los vasitos de cartón con asas, como si tuvieran alas, en donde les servían el café “tinto”[1] a los mayores.
   Un zarandeo repentino sacó un grito breve y agudo de la garganta de una mujer que ocupaba una silla tres filas delante, haciendo de Blanca un mar de nervios, llevándola al filo que bordea los abismos del pánico. Después de cuatro empujones hacia arriba y otras tantas caídas, la aeronave se serenó tras superar la turbulencia. En adelante, durante todo el viaje, se deslizaron entre mullidas nubes y suaves láminas de viento.  
   Habiendo cumplido cuatro escalas en pueblos ribereños del río Magdalena, casi insoportables para Blanca, la aeronave se enfiló hacia el aeropuerto de Aguachica. Rozando con las puntas de las alas un campo de millo, se posó en la rústica y polvorienta pista de cascajo, concluyendo así, para el emocionado niño, la primera parte de una memorable aventura.
   Al salir del maravilloso aparato, en medio de la canícula tropical, el calor denso y pegajoso era insoportable porque, además de la falta de brisa, la humedad era muy alta.        
   Debajo de una de las alas, para protegerse del sol, la mujer y su nieto esperaban a que les desembarcaran el equipaje. El niño no quería alejarse del lado de aquel avión de metal plateado refulgente, oloroso a combustible y a los rancios vapores del aceite quemado, que en un acto mágico, lo había transportado por los aires, dándole una visión diferente y magnífica de la tierra.
   En un taxi de uso colectivo, negro reluciente y de baúl alado, emprendieron un nuevo y largo camino por una carretera estrecha y escabrosa, rodeando cerros, penetrando bosques tropicales de árboles centenarios y marañas parásitas, hasta adentrarse, de manera definitiva, en medio de los andinos nudos montañosos de oscuros precipicios y escarpados barrancos. El vehículo, veloz, dejaba atrás una densa estela de polvo; como un cometa reptil subía por la cordillera como si se la quisiera tragar de un bocado. Sin importar el mareo de los pasajeros, culebreaba a toda prisa por el camino que bordeaba la montaña. El chofer, un joven de trato rudo y atarván, diestro en su oficio pero sin respeto al peligro que ofrecía en cada curva aquella precaria carretera andina, hizo del último tramo del viaje, una malísima experiencia para la agobiada Blanca.     
   Y así, subiendo con alocada prisa, al borde de insondables precipicios, el clima se fue haciendo más benigno, de un agradable frescor, oloroso a manigua virgen. Al terminar la tarde divisaron, con alegría y alivio, las primeras casas de Ocaña.     


[1] Café tinto: infusión de café negro.



jueves, 1 de junio de 2017

El que pierde una gran mujer no sabe lo que gana.



¿Dónde estoy doctor?
-En la UCI.
-¿Y por qué?
-Tiene una fuerte conmoción cerebral. ¿Recuerda qué le pasó?
-Pues mire doctor, recuerdo algo. Ella me dijo:
-¡Cabrón! Mira la hora de llegar, y borracho. Me voy, y esta vez, ¡para siempre!
Me recosté en el quicio de la puerta, y dije:
-El que pierde una gran mujer no sabe lo que gana...
Doctor, es lo último que recuerdo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El teatro de las ánimas

 Una pordiosera y Gavroche, un niño de la calle, viven en un teatro abandonado. Allí, todas las noches, el oxidado proyector misteriosamente se enciende.
Durante varias sesiones se rueda una película que cuenta la historia de la pordiosera, desde que era una bella joven hasta cuando se convierte en una miserable y repugnante limosnera. Y todo por una maldición de amor, por un pacto que hace con el diablo para salvar la vida de David, su gran amor. Pero el maligno considera su alma demasiado buena para tomarla como pago del favor.

Esta novela estará disponible desde el día 2 de noviembre de 2015 (por cierto, el día de las ánimas).

lunes, 8 de julio de 2013

sábado, 22 de diciembre de 2012

UNA FÁBULA. El Perro Flaco


 Patapalo, ya está disponible en la Biblioteca de Vielha, de Paterna, en Bilbao y en San Sebastián. Se puede adquirir en España por medio de ELKAR libros y CASA DEL LIBRO. En Colombia en la Librería Nacional, Panamericana, Prodiscos. Pronto estará en el mercado de Estados Unidos en donde, por ahora, se puede encontrar en varias bibliotecas. Les dejo algunas URLs
University of Illinois at Urbana-Champaign Library                                      https://i-share.carli.illinois.edu/uiu/cgi-bin/Pwebrecon.cgi?DB=local&BOOL1=all+of+these&FLD1=OCLC+Number+%28OCLC%29&CNT=20&SAB1=ocn772498343
Harvard University  http://lms01.harvard.edu/F/X3MSI2QH1DG77SIKH1EKVXI9LQGGMF6BNRYSI4EKFQUFSCB4C4-03493?func=find-b&amp=&amp=&find_code=kon&request=ocn772498343&pds_handle=GUEST
Si quieres leer el primer capítulo del Blas de Lezo, El Almirante Patapalo, aquí está:


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